En 1863, en una taberna londinenses llamada Freemason's Tavern, entre pinta y pinta de cerveza, los representantes de las distintas escuelas en las que se practicaba un nuevo juego de pelota intentaban consensuar un reglamento único para que todos jugaran a lo mismo y no imperara el libre albedrío. No hubo acuerdo. Los que querían que se pudiera coger el balón con la mano se levantaron de la mesa y crearon el rugby. Los que se quedaron diseñaron las 14 reglas que son el origen el fútbol actual.
Sólo cuatro años antes, Charles Darwin puso el mundo patas arriba con la publicación de su libro El origen de las especies. El naturalista inglés argumentaba que los animales han ido mutando para adaptarse a los distintos cambios producidos y únicamente los más fuertes han conseguido sobrevivir. Esta revolucionaria teoría evolucionista chocó frontalmente con las ideas fijistas establecidas que postulaban que los humanos eran una creación diseñada por Dios y de ninguna manera el resultado de un proceso natural en el que el hombre desciende del mono. La bronca entre futbolistas y rugbistas quedó en riña de guardería al lado del encarnizado debate entre evolucionistas y creacionistas. De hecho, en EEUU todavía siguen a la greña.
El fútbol se ha visto alterado por la mejora de la alimentación, los tratamientos médicos y las técnicas de entrenamiento. Como consecuencia de ellos, la condición física de los jugadores ha mejorado mucho y el ritmo de juego es cada vez más alto e intenso, los espacios se reducen, los choques son más violentos y los golpes hacen más pupa. En este escenario de músculos y pulmones no parecen tener cabida aquellos que no tengan un buen chasis. Hace faltan un cuerpo acorde con la exigencia física actual para poder competir y ya no digamos destacar. Esta teoría ha servido a muchos entrenadores de base para descartar por bajitos a tantos y tantos niños talentosos. Algunos de esos chavales se rebelaron y no se achicaron. Lo fiaron todo a su habilidad técnica, a su picardía y a su movilidad para subsistir. Se adaptaron y sobrevivieron. En estos momentos estamos viviendo una nueva etapa en su evolución. Ya no se dedican únicamente a resistir. Ahora reinan y son la especie dominante.
Durante mucho tiempo a los futbolistas de talla XS se les ha catalogado como mentirosos del fútbol. Nadie negaba su calidad pero sus supuestas limitaciones físicas les impedían ser fiables. Vivían de un regate fabuloso y después se evaporaban. Preferían simular la falta antes que aguantar las embestidas del defensa, trampeaban en lugar de continuar la conducción, se adornaban con filigranas cuando el partido ya estaba decidido pero se amilanaban ante la primera patada que les endiñaban cuando la cosa se ponía fea. Por culpa de estas taras, eran brillantes pero pocas veces determinantes. Hasta ahora. La raza del “delantero ratonero” se ha endurecido y ha desplazado al “nueve tanque” de la cúspide de la jerarquía futbolística. Con el permiso de Van Nistelrooy, porque Kanouté y Henry son más gacelas que elefantes, cada domingo Messi, Villa, Tamudo o Agüero anuncian el cambio.
En el Villarreal su representante es Giuseppe Rossi. A sus 20 años, el italiano aún lleva la L y necesita aprender a escoger mejor la jugada y a controlar los impulsos que le cargan con tarjetas absurdas y evitables, pero es muy excitante verle flotar entre líneas tentando a los centrales y pillando la espalda a los pivotes. Allí recibe, se aplica superglú a la bota izquierda y se lanza al abordaje sin hacer prisiones. Uno, dos, tres… los que se pongan en su camino hacia la portería para acabar definiendo con precisión quirúrgica. Y todo esto una y otra vez. Hasta 5 veces en 7 partidos. Esta productividad le otorga el rol de crack del Submarino amarillo. Un crack de 1,73 cm.
1 comentario:
Como nos gusta Emilio ehh?
Es un crack.....sera porque es de mi sangre.
Yeaaaaaaaaaaa....jejeje. Saludos
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