Juan Román Riquelme no deja tibio a nadie. O te gusta o te desespera. Sus detractores le acusan de ser lento, insolidario, vago y cobarde. Lento porque ralentiza el juego con sus repetidas pisadas. Insolidario y vago porque no corre nunca hacia atrás para defender y cobarde porque se arruga en los momentos claves. Fracasó en un grande como el Barça; se empequeñeció en la selección argentina durante la disputa del Mundial y la final de la Copa América, además de fallar el penalty decisivo contra el Arsenal en las semifinales de la Liga de Campeones. Para ellos es un jugador sobrevalorado.
Los riquelmistas rebatimos estos argumentos exponiendo que su pisada es una pausa que sirve para hipnotizar a los rivales y que éstos suelten la marca de sus pares, apareciendo así los espacios en los que enhebrar los pases mágicos que hicieron goleadores a Palermo y Forlán. ¿Para que tiene que correr Riquelme hacia atrás si nunca la pierde? Si tú tienes la pelota y él rival no, no hace falta defender porque nadie te va a atacar. ¿Acaso no es Boca Juniors un grande? ¿Quién le birló la Intercontinental al Real Madrid en Tokio? ¿Quién humilló a Palmeiras y Gremio en la Libertadores? Cuando Pekerman lo cambió en el partido de cuartos del Mundial ante Alemania, la albiceleste iba ganando. Sin Román perdió el control y acabó en la cuneta. Y en la final del pasado verano contra Brasil, sólo el sucio trivote de Dunga y la permisividad del árbitro pudieron secarlo en el momento más dulce de su carrera. Que lo rasposo de su marcha no haga olvidar a nadie que fue él quién metió a un club sin pedigrí como el Villarreal en Champions League y después lo llevó de su mano hasta las puertas de la final con una memorable actuación ante el Inter de Milán. ¿Sobrevalorado? ¿No fue Riquelme quien sustituyó a Maradona en el partido homenaje al 10 en la Bombonera, en un acto que representó el traspaso de poderes en la jerarquía del fútbol argentino? ¿Con quién quiso Zidane intercambiar la última camiseta del Real Madrid con la que jugó en el Bernabeu? Ante esta batería de razones, los críticos de Riquelme amagan con rendirse, pero no lo hacen y lanzan un contrataque: "Será muy bueno pero es más raro que un perro verde". Eso también habría que verlo.
Dicen que su carita de pena es la viva imagen de Tristón, aquel perrito de juguete abandonado que sólo quería un amiguito, un hogar y mucho amor. El Villarreal le rescató de la perrera del Camp Nou en la que fue maltratado por Gaspar y Van Gaal. Por contra, en El Madrigal recibió los mejores cuidados para que volviera a menear la colita. Comía lo que quería a la hora que quería, llenaba el sofá de pelos, arañaba las cortinas, se paseaba sin correa ni bozal o se hacía pipi en los rincones de la casa. Todo se le permitía porque era el perro pastor que guiaba al rebaño. Sin embargo, un día, de repente, el amo Roig se enfadó y quiso hacerle dormir en el corral en lugar de en la cama donde lo había hecho siempre. Él se revolvió y mordió la mano que le daba de comer. Era demasiado tarde para adiestrarlo. No quedaba otra que sacrificarlo.
La decisión del Coco Basile de abrirle la puerta de Argentina que el mismo cerró (Román renunció por su poco hígado para encajar las críticas. Olvídense de aquello de la salud de su mamá) fue clave para que Riquelme no perdiera caché futbolístico, ni fuerza ni ventaja en la negociación. Aún así, únicamente un tipo tan frío y calculador como él se puede atrever a poner en peligro con 28 años su vida profesional jugándoselo todo a una apuesta de la que ha salido vencedor: irá a Boca y cobrará del Villarreal. Porque de eso se trataba. Nervioso porque el acuerdo entre xeneizes y amarillos le había arrebatado la iniciativa que siempre gustó manejar en todo, el pasado jueves se olvidó de sus bobalicones "me pone muy contento" y "como dije recién" para quitarse la careta y declarar lo siguiente: "Tengo un año y medio de contrato con el Villarreal. Ofrecí jugar un año más gratuitamente en Boca y no hay ningún trabajador en el mundo que se pase un año entero sin cobrar un centavo. Eso quiere decir que podría jugar dos años y medio en Boca siempre y cuando a mi no me modifiquen nada de mi contrato". Al final, simplemente era cuestión de dinero. Tampoco era tan raro. Perro sí pero verde no.


